lunes, 13 de septiembre de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Caballito de batalla

Primero fue el caballo de Troya.  La historia fue así, según me la contó Homero: los griegos llevaban diez años de sitio a la fortaleza de Troya sin coparla y sin derrotarla.  Durante ese tiempo les dio por hacer pendejadas; una de esas, construir un gigantesco caballo de madera para ejercer su idolatría -ese fue el cuento que les echaron a los troyanos- y también para pasar el tiempo.  Al cabo de los diez años los griegos les dijeron chao a los fortalecidos troyanos; cogieron sus barcas y se fueron, pero les dejaron como recuerdo el caballito ese, que pesaba como una tractomula de las de ahora, pero sin ruedas.  Los troyanos -que ni grúa tenían- metieron al caballote a su fortaleza con unos rodachines de madera para tenerlo como trofeo de guerra, y se dedicaron a la fiesta.  Tanto, que no atrancaron algunas puertas.  En la noche, bien borrachos los troyanos, vieron alucinaciones; vieron que el caballo paría griegos de lo lindo, que las puertas se abrían para que entraran los que se habían ido, y vieron la nebulosa vida antes de convencerse de la muerte.  Esa batalla la ganó Grecia por el caballo; de ahí quedó esa frasecita que hoy todavía la utilizan los periodistas que no conocen ni la historia de Grecia, ni  La Iliada, ni Homero.  También la usan los políticos para presumir de cultos cuando confunden al caballo de Troya con el caballo de ajedrez o el caballo de Efrén; mejor dicho, con Efrén “El caballo”.

En ocasiones, cuando a las mujeres les da por manejar carro, aparecen los equinos, no necesariamente caballos; también les da por hablar por teléfono celular, mirar la pantalla de la tienda de variedades que está al frente, observar la mugre que tiene el parabrisas, hasta que no hay de otra, cruzan a su izquierda, sin avisar, y causan el accidente.  Viene el consecuente reclamo airado del conductor del vehículo averiado y también la respuesta de la dama más airada porque “¿Ese pendejo por qué no se quitó?”.  También aparece el agente de tránsito, quien le hace una recomendación tardía a la descuidada conductora:

- Señorita, cuando usted conduzca tiene que mirar también a los lados-.

La mujer, ya calmada y entrada en razón, recordó un leve insulto del afectado:

- ¡Ay!  ¿Sería por eso que el señor me gritó ¡mula!?-.

martes, 17 de agosto de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Buscarle la comba al palo

Algunos abogados más tramposos que un dado de cinco lados le hacen el quiebre a la ley; otros profesionales hacen lo mismo y lo disfrazan como buscarle la comba al palo.  Es como acomodar mis intereses y los de mi partido a las normas que impone la ley.  Que una licitación resultó desierta después de haberla convocado tres veces, le da facultad al ordenador para hacer la contratación en forma directa, sin licitación.  ¿Y cómo se logró que se declarara desierta la licitación?  Pues sencillo, se regó la bola de que ese contrato tenía nombre propio; los contratistas honrados -que los hay- no participaron para no perder tiempo y esfuerzo.  Preciso, el gerente adjudicó el contrato al sobrino del primo de la tía de la mujer, y, tan orondo, hasta lo publicó en el diario local para preservar la transparencia.  El cuarto grado de consaguinidad -hasta donde llega el impedimento- se obvió por un caso de enredo familiar que alejó, a distancia prudencial, el apellido objeto de sindicación.

Aquí, en esta tierra fértil para el amor y la poesía encontramos a personajes expertos en eso de buscarle la comba al palo.  Pongamos, por ejemplo, al negro Chará; serio, trabajador y nulo pendejo.  Por eso mantiene amigos a granel.  Sucedió en la esquina del Banco del Estado, cuarta con séptima de Popayán: llegó Afranio adonde su compadre el negro Chará, vendedor ambulante de chontaduros recién traídos del corregimiento Cuatro esquinas, municipio de El Tambo:

- Qui’ hubo, Chará, ¿cómo te va?-.
- Pues ahí como ves, Afranio, capoteando la vida.-
- Chará, tengo una necesidad urgente, ¿me podés prestar cincuenta mil pesitos?-.
- Cómo te parece, Afranio, que no te los puedo prestar porque tengo un convenio con el gerente del Banco del Estado-.
- ¿Cómo así, Chará?  ¿Qué convenio vas a tener?  Vos es por no prestármelos-.
- En verdad, tengo un convenio muy serio con el gerente-.
- ¿Y qué clase de convenio tenés?-.
- Pues que yo no puedo prestar plata aquí afuera, ni él puede vender chontaduros allá adentro-.

sábado, 10 de julio de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Buscar una aguja en un pajar

Yo no sé por qué tienen que botar las cosas, en especial las chiquitas, y en un pajar todavía.  Por qué no botan en un pajar, por ejemplo, un rinoceronte que es más fácil de encontrar.  Este giro se refiere a una empresa imposible, como la maternidad de los hombres.  Que un hombre pare -de parir-, es tan fácil como buscar una aguja en un pajar.  También es muy fácil buscar una aguja en un pajar frente a la posibilidad de encontrar agua en Marte, o a un honrado en el Congreso de Colombia.  Claro que hay cosas imposibles; a pesar de que una dama en una reunión de directivos de una empresa nacional quiso impactar con una frase que había aprendido de otro congreso: “No hay cosas imposibles, sino hombres incapaces”.  Cuando la refuté, se me vino encima con grandísimo deseo de convertirme en incapaz:

- A ver, dígame cuáles cosas son imposibles-.
- Por ejemplo, viajar a Júpiter-, le dije.
- Pues eso algún día se logrará; no quiere decir que sea imposible-, aseveró con manifiesta terquedad.
- Que un hombre tenga un hijo, como una mujer-, propuse aún más terco.
- La ciencia puede transformar y acondicionar a un ser humano para lo que sea, que aún no lo haya hecho no quiere decir que sea imposible-, argumentó.

Antes de darme por vencido le dije que algo verdaderamente imposible era buscar una aguja en un pajar.  De inmediato la recontraterca dejó de tratarme de “usted”  y dijo confianzuda:

- Pues utilizá un imán-.

Imposible es quitarle la terquedad a esta “vieja”.  Y como ustedes no son como la longeva esa, el diálogo que sigue es una muestra de cosa imposible:

-Doctor, quiero que mi marido se convierta en un toro-.
-Entonces desvístase, señora.  Empecemos por los cuernos-.

miércoles, 16 de junio de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Borrón y cuenta nueva

Olvidar el pasado es imposible; se olvidarán unas cosas, situaciones desagradables donde fuimos protagonistas; se olvidarán personas que nos dañaron el hígado, como trago fino revuelto con “chirrincho”; se olvidarán amores idos con otros más de malas que mi prima con deudas; se olvidarán deudas, no importa que en el futuro las cobren, pero no por eso se olvida el pasado.  Si el pasado se olvida, también se olvida cómo nos llamamos.  En cuanto a empezar una nueva vida, sí que es una pendejada si no se muere y se vuelve a nacer (algo que no hacen ni los hindúes); ni en el extranjero empezamos de nuevo, porque tendríamos que cambiar hasta de apodo.

Quedamos en que es una versión figurada del cambio de actitud, eso de borrón y cuenta nueva; como decir, a partir de hoy, primero de enero, dejaré de fumar (si acaso una pipiadita), dejaré de beber (apenas beberé lo que me gasten), dejaré de ser pendejo (no acompañaré a mis hijos al supermercado), dejaré a Cleotilde (¿quién es Cleotilde?  ¡Ah, sí!, mi mujer), dejaré que la felicidad me atropelle.  Sólo que esta actitud dura los dos primeros meses del año; después volvemos a lo mismo, a cometer los mismos pecados.  “Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores”, dice ese poeta filósofo de las cantinas José Alfredo Jiménez, y me late, estando sobrio, que tiene razón; ya borracho es otra cosa, con ovación, estoy de acuerdo.

En las cantinas y en las tiendas se acostumbra lo de borrón y cuenta nueva para controlar lo fiado, que es la tarjeta de crédito de los pobres.  Por caso, cito la forma como cobra “La bodeguita del medio”, en Cuba:

“Un momento gentil,
como serlo debe,
para que el cliente se lleve
un recuerdo de por vida,
el dueño a ofrecer se atreve
la cuenta así dividida:
le cobramos la comida,
y usted paga lo que bebe”.

viernes, 21 de mayo de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Borrar con el codo lo que se hace con la mano

Aquí intervienen los héroes de papel.  Los mismos que hicieron el tránsito a villanos después de oficiar como próceres.  O si no, cómo se clasifican nuestros héroes de la independencia que nos libertaron del yugo español -lo hicieron con la mano del pueblo pobre y analfabeto- para, luego, someternos a las mismas prácticas políticas de los españoles con férrea dictadura civil, excluyente y bárbara -borraron con sus propios codos  lo hecho-.  Hoy en día persisten estas prácticas de hacer, para luego deshacer; tal como sucede con el marido medio amoroso que en la mañana del cumpleaños de su esposa le lleva flores, porque es mejor en vida y no en el cementerio, donde ya no huelen.  Sin embargo, ese mismo día se le olvidó acompañar a la cumplimentada a la cena de recordación y la fecha especial terminó con el espectáculo en tres actos: apertura, drama y tragedia.  Lo que prometía ser una grata arrunchada de amor, culminó con la trágica compañía de misiá soledad, adornada con pañuelos mojados y la promesa de no aceptar, en el futuro, cumplidos falsos.  Y luego dicen algunos maridos zoquetes que por qué sería que ella se fue con el lechero, el único que le decía cosas bonitas y le cumplía todas las citas; para nada utilizaba el codo.

En Bogotá, diagonal a la Plaza de Bolívar, había en tiempos inmemoriales un bar adonde concurrían poetas, escritores, jueces, políticos, desocupados y otros personajes similares; se llamaba El Bar de Pérez Nieto, hoy desaparecido.  En cierta ocasión y aprovechando que la estatua de Simón Bolívar la habían cambiado de lugar, el poeta De Soto elaboró el epigrama que reza:

“Bolívar, con disimulo,
y sin faltar al respeto,
reorientó el culo
hacia el negro Pérez Nieto”.

El dueño del bar, Pérez Nieto, reconvino al poeta para que cambiara los versos porque podía quedar mal con los amigos.  Entonces De Soto los cambió -borró con el codo- así:

“Bolívar, sin faltar al resmulo,
y con gran disipeto,
reorientó el Nieto
hacia el negro Pérez culo”.

miércoles, 28 de abril de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Averígüelo, Vargas

Francisco de Vargas fue el alcalde de la Corte española de Isabel la católica, entre mil cuatrocientos ochenta y cuatro y mil quinientos sesenta, a quien la Reina le encomendaba los asuntos más difíciles porque era más inteligente que su marido, el sonso de Fernando Segundo (¡seguro, era segundo!).  Con decirles que el verdadero descubridor de Cristóbal Colón, antes de que éste descubriera a América, fue Vargas, quien se dio a la tarea de averiguar -después de que la monarca le dijera imperativa: ¡Averígüelo, Vargas!- quién era ese marino sin barco, “desjaretao” en el vestir y en el hablar porque hacía un “vitute” con los idiomas italiano, portugués y español, de tanto hablar con las respectivas cortes.  Y Vargas, inteligente como era, recomendó a Colón y a su empresa ante la Reina; por eso estamos como estamos.  Si vamos a los orígenes, al único a quien hay que echarle la culpa de que seamos medio indios o medio negros o medio españoles, es a Vargas.  Entonces, para resumir, de doña Isabel la Católica y de este Francisco de Vargas viene la expresión cuya trascendencia ha superado los siglos: ¡Averígüelo, Vargas!  Hoy la repiten desde ministros hasta locutores de radio para indicar que no saben sobre lo que están tratando; la expresión viene a ser un escape ante la ignorancia manifiesta, es como echarle la culpa a otro por tamaña debilidad conceptual.

Un amigo inveterado de la democracia que nos aqueja, que siempre vota en las elecciones aunque sea para elegir representantes de padres de familia del colegio, se encontró un día, próximo a las elecciones municipales, con que había otro tipo que tenía su mismo nombre y apellido, la misma dirección y el mismo número de cédula.  Antes de invocar el ¡averígüelo, Vargas! para deshacer el entuerto, porque el registrador, de apellido Molano, no averigua nada, soltó esta definición de antología:

- Homonimia:  ¡Ese tipo, igual a mí, ahora sólo falta que tenga la misma mujer que tengo yo!-.

lunes, 19 de abril de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Apretar las tuercas

Si queremos que nuestros hijos no sean mecánicos, es mejor apretarles las tuercas.  Una forma fácil como el jefe controla al subalterno es utilizando esta figura en forma taimada.  Primero comienza con una alusión a la calidad de trabajos que elabora Pánfila, la señora de los tintos, quien apenas tiene quinto de primaria.  Primer torque, pero efectivo.  Aquí no hace referencia al empleado especializado a quien está controlando; pero éste se siente señalado.  Después, cuando el jefe nota que el zoquete no reacciona como él quiere, le manda el segundo torque:

- Voy a hacer una reestructuración para mejorar la calidad de los procesos, y si me toca ascender a los empleados emergentes, lo hago-.

El especializado reacciona levemente, pero se considera imprescindible e imposible de reemplazar.  Al final el jefe aprieta las tuercas al exceso de que se rompen:

- Los especialistas se van pa’ la mierda; por cada especialista contrataré a dos técnicos que sí trabajen-.

Chao, especialista.  (“Especialista es el que sabe todo acerca de nada”).  También en el amor se aprietan las tuercas de una manera sutil:

- Creo, mi amor, que deberías ver las flores tan lindas que venden en esa floristería que se llama… ¿Cómo se llama?  ¡Ah, sí!  Corona de azahares-.

Lo que le quieren decir al bobo enamorado es que se anime al casorio.  El bobo, ya casado, dejó de ser bobo y cambió su estado: ahora es pendejo.  Bajo esta condición, la apretada de tuercas es casi directa:

- Mijo, no te vayas a demorar con tus amigos, porque tienes que acompañarme a la galería-.

Cuando el matrimonio está en las últimas, es el marido el que recobra su estado natural de tipo inteligente -ya no es menso, ni mucho menos pendejo- e impone sus condiciones -aprieta las tuercas hasta el tope-:

- Bertilda, no me cocines hoy, que llego tarde y comeré por fuera-.

Apretar las tuercas es lo más cercano a controlar conductas ajenas; por ejemplo hijos, subalternos, esposos, muchachas de servicio, alumnos proveedores y deudores, que están en relación directa con nosotros los que apretamos.  A nadie se le ocurriría apretar sus propias tuercas.