sábado, 10 de julio de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Buscar una aguja en un pajar

Yo no sé por qué tienen que botar las cosas, en especial las chiquitas, y en un pajar todavía.  Por qué no botan en un pajar, por ejemplo, un rinoceronte que es más fácil de encontrar.  Este giro se refiere a una empresa imposible, como la maternidad de los hombres.  Que un hombre pare -de parir-, es tan fácil como buscar una aguja en un pajar.  También es muy fácil buscar una aguja en un pajar frente a la posibilidad de encontrar agua en Marte, o a un honrado en el Congreso de Colombia.  Claro que hay cosas imposibles; a pesar de que una dama en una reunión de directivos de una empresa nacional quiso impactar con una frase que había aprendido de otro congreso: “No hay cosas imposibles, sino hombres incapaces”.  Cuando la refuté, se me vino encima con grandísimo deseo de convertirme en incapaz:

- A ver, dígame cuáles cosas son imposibles-.
- Por ejemplo, viajar a Júpiter-, le dije.
- Pues eso algún día se logrará; no quiere decir que sea imposible-, aseveró con manifiesta terquedad.
- Que un hombre tenga un hijo, como una mujer-, propuse aún más terco.
- La ciencia puede transformar y acondicionar a un ser humano para lo que sea, que aún no lo haya hecho no quiere decir que sea imposible-, argumentó.

Antes de darme por vencido le dije que algo verdaderamente imposible era buscar una aguja en un pajar.  De inmediato la recontraterca dejó de tratarme de “usted”  y dijo confianzuda:

- Pues utilizá un imán-.

Imposible es quitarle la terquedad a esta “vieja”.  Y como ustedes no son como la longeva esa, el diálogo que sigue es una muestra de cosa imposible:

-Doctor, quiero que mi marido se convierta en un toro-.
-Entonces desvístase, señora.  Empecemos por los cuernos-.

miércoles, 16 de junio de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Borrón y cuenta nueva

Olvidar el pasado es imposible; se olvidarán unas cosas, situaciones desagradables donde fuimos protagonistas; se olvidarán personas que nos dañaron el hígado, como trago fino revuelto con “chirrincho”; se olvidarán amores idos con otros más de malas que mi prima con deudas; se olvidarán deudas, no importa que en el futuro las cobren, pero no por eso se olvida el pasado.  Si el pasado se olvida, también se olvida cómo nos llamamos.  En cuanto a empezar una nueva vida, sí que es una pendejada si no se muere y se vuelve a nacer (algo que no hacen ni los hindúes); ni en el extranjero empezamos de nuevo, porque tendríamos que cambiar hasta de apodo.

Quedamos en que es una versión figurada del cambio de actitud, eso de borrón y cuenta nueva; como decir, a partir de hoy, primero de enero, dejaré de fumar (si acaso una pipiadita), dejaré de beber (apenas beberé lo que me gasten), dejaré de ser pendejo (no acompañaré a mis hijos al supermercado), dejaré a Cleotilde (¿quién es Cleotilde?  ¡Ah, sí!, mi mujer), dejaré que la felicidad me atropelle.  Sólo que esta actitud dura los dos primeros meses del año; después volvemos a lo mismo, a cometer los mismos pecados.  “Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores”, dice ese poeta filósofo de las cantinas José Alfredo Jiménez, y me late, estando sobrio, que tiene razón; ya borracho es otra cosa, con ovación, estoy de acuerdo.

En las cantinas y en las tiendas se acostumbra lo de borrón y cuenta nueva para controlar lo fiado, que es la tarjeta de crédito de los pobres.  Por caso, cito la forma como cobra “La bodeguita del medio”, en Cuba:

“Un momento gentil,
como serlo debe,
para que el cliente se lleve
un recuerdo de por vida,
el dueño a ofrecer se atreve
la cuenta así dividida:
le cobramos la comida,
y usted paga lo que bebe”.

viernes, 21 de mayo de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Borrar con el codo lo que se hace con la mano

Aquí intervienen los héroes de papel.  Los mismos que hicieron el tránsito a villanos después de oficiar como próceres.  O si no, cómo se clasifican nuestros héroes de la independencia que nos libertaron del yugo español -lo hicieron con la mano del pueblo pobre y analfabeto- para, luego, someternos a las mismas prácticas políticas de los españoles con férrea dictadura civil, excluyente y bárbara -borraron con sus propios codos  lo hecho-.  Hoy en día persisten estas prácticas de hacer, para luego deshacer; tal como sucede con el marido medio amoroso que en la mañana del cumpleaños de su esposa le lleva flores, porque es mejor en vida y no en el cementerio, donde ya no huelen.  Sin embargo, ese mismo día se le olvidó acompañar a la cumplimentada a la cena de recordación y la fecha especial terminó con el espectáculo en tres actos: apertura, drama y tragedia.  Lo que prometía ser una grata arrunchada de amor, culminó con la trágica compañía de misiá soledad, adornada con pañuelos mojados y la promesa de no aceptar, en el futuro, cumplidos falsos.  Y luego dicen algunos maridos zoquetes que por qué sería que ella se fue con el lechero, el único que le decía cosas bonitas y le cumplía todas las citas; para nada utilizaba el codo.

En Bogotá, diagonal a la Plaza de Bolívar, había en tiempos inmemoriales un bar adonde concurrían poetas, escritores, jueces, políticos, desocupados y otros personajes similares; se llamaba El Bar de Pérez Nieto, hoy desaparecido.  En cierta ocasión y aprovechando que la estatua de Simón Bolívar la habían cambiado de lugar, el poeta De Soto elaboró el epigrama que reza:

“Bolívar, con disimulo,
y sin faltar al respeto,
reorientó el culo
hacia el negro Pérez Nieto”.

El dueño del bar, Pérez Nieto, reconvino al poeta para que cambiara los versos porque podía quedar mal con los amigos.  Entonces De Soto los cambió -borró con el codo- así:

“Bolívar, sin faltar al resmulo,
y con gran disipeto,
reorientó el Nieto
hacia el negro Pérez culo”.

miércoles, 28 de abril de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Averígüelo, Vargas

Francisco de Vargas fue el alcalde de la Corte española de Isabel la católica, entre mil cuatrocientos ochenta y cuatro y mil quinientos sesenta, a quien la Reina le encomendaba los asuntos más difíciles porque era más inteligente que su marido, el sonso de Fernando Segundo (¡seguro, era segundo!).  Con decirles que el verdadero descubridor de Cristóbal Colón, antes de que éste descubriera a América, fue Vargas, quien se dio a la tarea de averiguar -después de que la monarca le dijera imperativa: ¡Averígüelo, Vargas!- quién era ese marino sin barco, “desjaretao” en el vestir y en el hablar porque hacía un “vitute” con los idiomas italiano, portugués y español, de tanto hablar con las respectivas cortes.  Y Vargas, inteligente como era, recomendó a Colón y a su empresa ante la Reina; por eso estamos como estamos.  Si vamos a los orígenes, al único a quien hay que echarle la culpa de que seamos medio indios o medio negros o medio españoles, es a Vargas.  Entonces, para resumir, de doña Isabel la Católica y de este Francisco de Vargas viene la expresión cuya trascendencia ha superado los siglos: ¡Averígüelo, Vargas!  Hoy la repiten desde ministros hasta locutores de radio para indicar que no saben sobre lo que están tratando; la expresión viene a ser un escape ante la ignorancia manifiesta, es como echarle la culpa a otro por tamaña debilidad conceptual.

Un amigo inveterado de la democracia que nos aqueja, que siempre vota en las elecciones aunque sea para elegir representantes de padres de familia del colegio, se encontró un día, próximo a las elecciones municipales, con que había otro tipo que tenía su mismo nombre y apellido, la misma dirección y el mismo número de cédula.  Antes de invocar el ¡averígüelo, Vargas! para deshacer el entuerto, porque el registrador, de apellido Molano, no averigua nada, soltó esta definición de antología:

- Homonimia:  ¡Ese tipo, igual a mí, ahora sólo falta que tenga la misma mujer que tengo yo!-.

lunes, 19 de abril de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Apretar las tuercas

Si queremos que nuestros hijos no sean mecánicos, es mejor apretarles las tuercas.  Una forma fácil como el jefe controla al subalterno es utilizando esta figura en forma taimada.  Primero comienza con una alusión a la calidad de trabajos que elabora Pánfila, la señora de los tintos, quien apenas tiene quinto de primaria.  Primer torque, pero efectivo.  Aquí no hace referencia al empleado especializado a quien está controlando; pero éste se siente señalado.  Después, cuando el jefe nota que el zoquete no reacciona como él quiere, le manda el segundo torque:

- Voy a hacer una reestructuración para mejorar la calidad de los procesos, y si me toca ascender a los empleados emergentes, lo hago-.

El especializado reacciona levemente, pero se considera imprescindible e imposible de reemplazar.  Al final el jefe aprieta las tuercas al exceso de que se rompen:

- Los especialistas se van pa’ la mierda; por cada especialista contrataré a dos técnicos que sí trabajen-.

Chao, especialista.  (“Especialista es el que sabe todo acerca de nada”).  También en el amor se aprietan las tuercas de una manera sutil:

- Creo, mi amor, que deberías ver las flores tan lindas que venden en esa floristería que se llama… ¿Cómo se llama?  ¡Ah, sí!  Corona de azahares-.

Lo que le quieren decir al bobo enamorado es que se anime al casorio.  El bobo, ya casado, dejó de ser bobo y cambió su estado: ahora es pendejo.  Bajo esta condición, la apretada de tuercas es casi directa:

- Mijo, no te vayas a demorar con tus amigos, porque tienes que acompañarme a la galería-.

Cuando el matrimonio está en las últimas, es el marido el que recobra su estado natural de tipo inteligente -ya no es menso, ni mucho menos pendejo- e impone sus condiciones -aprieta las tuercas hasta el tope-:

- Bertilda, no me cocines hoy, que llego tarde y comeré por fuera-.

Apretar las tuercas es lo más cercano a controlar conductas ajenas; por ejemplo hijos, subalternos, esposos, muchachas de servicio, alumnos proveedores y deudores, que están en relación directa con nosotros los que apretamos.  A nadie se le ocurriría apretar sus propias tuercas.

jueves, 11 de marzo de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Apagá y vámonos

Aún se acostumbra en los paseos campestres de clase baja, y media jodida, decir cuando toca volver al hogar: apagá y vámonos.  Entonces se le echa agua al fogón ceniciento donde se hizo el sancocho, para apagarlo.  En clases más elevadas se tiene el dicho apaga y vámonos -como ustedes ven, es más refinado sin tilde- para indicar que la trifulca amorosa en lecho alquilado finalizó y se acude al interruptor para apagar la luz y ocultar los destrozos de la lujuria.

Algunos columnistas de prensa tienen por costumbre usar este giro para dar a entender que sobreviene una tragedia política inesperada y es mejor irse, por las posibles consecuencias trágicas.  A diferencia de los amantes y paseantes, que se van porque acabaron, acá va a empezar la cosa y se vislumbra feo el panorama.  La política en nuestro país no es esa confrontación de ideas para mejorar las condiciones de la comunidad; es la gazapera por puestos burocráticos, que se confunde con el poder.  Un político nuestro es importante porque da puestos y contratos, nunca porque aporta ideas o teorías que enriquezcan la forma de gobernar.  Bueno, en política mejor apaguemos y chao.

Volvamos a nuestra condición de terrenales limitados y no olvidemos que es mejor divertirnos, así se acerque el político más hacendado a recordarnos su tarjetón.  Hablando de hacendados, entre éstos existe la costumbre de empujar con el verraquillo los cuartos traseros de los caballos para que anden rápido, y cuando esto no es suficiente, entonces se hace el ruido característico como si se estuviera chupando con la boca para que el animal acelere.  De aquí aparece un gracejo entre Guadalupe y Tomás, paseantes de la finca:

- Quiere, doña Guadalupe,
¿se lo empuje por detrás?
- Gracias, don Tomás,
prefiero que me lo chupe.

lunes, 1 de marzo de 2010

Lugares comunes a lo patojo


Amanecerá y veremos

Un argentino con nulos ribetes de teólogo, que no cito por lo anónimo y porque descubre su vocación por el desplante a Borges, decía, en los años setenta, que “Borges es una de las pruebas de la inexistencia de Dios.  ¿Por qué?  Porque si Dios realmente existiera, lo hubiera hecho mudo y no ciego”.  En efecto, Jorge Luis Borges perdió la visión al final de su vida, pero veía con las palabras y era mordaz crítico, tanto así, que decía que a la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, le sobraban cuarenta páginas.  Ciegos como Borges no necesitan que amanezca para ver.

En nuestros solares patrios los dirigentes políticos y gremiales -los que diariamente nos asaltan con su elocuencia de culebreros de pueblo en feria- que tienen acendrada inclinación por la violencia, cuando acuden a esta frase están confirmando una velada amenaza: “Amanecerá y veremos”.  En la otra orilla de la acepción debemos referirnos a esos abnegados rescatadores de la Cruz Roja, que no saben de violencia pero sí de vida, y arriesgan la suya para que otro deje de ser damnificado y pase a ser consentido por una nueva oportunidad de vivir.  Cuando el sol se oculta y la noche tapa las desgracias humanas, estos verdaderos héroes sufren como Napoleón en vísperas de una batalla, porque no se ve el escenario de la tragedia.  Aparece entonces la resignación, la misma de un jugador de lotería cuando pierde: amanecerá y veremos.

No es propio de seres humanos sentir felicidad por la desgracia ajena; aunque algunos profesionales de la oftalmología, cuando se equivocan, acuden a esta figura como consuelo.  Un distinguido oculista -distinguido por los que nunca fueron sus pacientes- operó a un empleado en un ojo (el único que tenía bueno, pero comenzaba a envejecer) y el resultado fue desastroso.  Amaneció y no vio.  Hecho el reclamo por el afectado, el profesional de ojos apeló a la conmiseración:

- No se preocupe.  Siempre será mejor que le digan pobre cieguito, y no tuerto hijueputa-.