lunes, 1 de marzo de 2010

Lugares comunes a lo patojo


Amanecerá y veremos

Un argentino con nulos ribetes de teólogo, que no cito por lo anónimo y porque descubre su vocación por el desplante a Borges, decía, en los años setenta, que “Borges es una de las pruebas de la inexistencia de Dios.  ¿Por qué?  Porque si Dios realmente existiera, lo hubiera hecho mudo y no ciego”.  En efecto, Jorge Luis Borges perdió la visión al final de su vida, pero veía con las palabras y era mordaz crítico, tanto así, que decía que a la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, le sobraban cuarenta páginas.  Ciegos como Borges no necesitan que amanezca para ver.

En nuestros solares patrios los dirigentes políticos y gremiales -los que diariamente nos asaltan con su elocuencia de culebreros de pueblo en feria- que tienen acendrada inclinación por la violencia, cuando acuden a esta frase están confirmando una velada amenaza: “Amanecerá y veremos”.  En la otra orilla de la acepción debemos referirnos a esos abnegados rescatadores de la Cruz Roja, que no saben de violencia pero sí de vida, y arriesgan la suya para que otro deje de ser damnificado y pase a ser consentido por una nueva oportunidad de vivir.  Cuando el sol se oculta y la noche tapa las desgracias humanas, estos verdaderos héroes sufren como Napoleón en vísperas de una batalla, porque no se ve el escenario de la tragedia.  Aparece entonces la resignación, la misma de un jugador de lotería cuando pierde: amanecerá y veremos.

No es propio de seres humanos sentir felicidad por la desgracia ajena; aunque algunos profesionales de la oftalmología, cuando se equivocan, acuden a esta figura como consuelo.  Un distinguido oculista -distinguido por los que nunca fueron sus pacientes- operó a un empleado en un ojo (el único que tenía bueno, pero comenzaba a envejecer) y el resultado fue desastroso.  Amaneció y no vio.  Hecho el reclamo por el afectado, el profesional de ojos apeló a la conmiseración:

- No se preocupe.  Siempre será mejor que le digan pobre cieguito, y no tuerto hijueputa-.

jueves, 18 de febrero de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Al pie del cañón

Esta expresión nunca se les atribuye a los cobardes, que prefieren estar lejos y detrás del cañón.  Cuando algún aculillado está cerca -y no al pie- del cañón es porque se ha disfrazado de turista en Cartagena y posa para la foto del recuerdo al lado de cualquier chatarra de obús del siglo dieciocho.  Estar al pie del cañón es estar dispuesto para los peores -o mejores- retos; es enfrentar al enemigo hipotético que no tiene cañón ni ganas de atacar, de ahí que se vuelve una figura metafórica; significa entereza, valor y arrojo, virtudes que no se dan en los círculos politiqueros, donde saben más de volteadas, trapisondas, fotos y turismo.

Sin embargo, propongo que esta figura sea desterrada del diario devenir porque encierra violencia, que es lo que nos tiene jodidos.  Veamos.  Hoy, los que están al pie del cañón real y amenazadoramente  son los mismos a quienes les cuelga un fusil del hombro.  Es muy fácil ser macho con el fusil y el cañón apuntando, cuando el que está al frente sólo tiene ganas de correr.  Si al que está armado se le inyecta odio y sadismo, le queda fácil disparar.  Aquí, estar al pie del cañón recibe la connotación de violento, y si actúa a lo macho, de asesino.

Volvamos a la poesía de las palabras, que es la forma más expedita para evitar la violencia.  En un futuro deberíamos cambiar este lugar común por otro que signifique lo mismo; por ejemplo: al pie del yarumo o al pie de la mata de sábila.  Bueno, también podríamos inventar uno que entrañe más coraje: al pie de la suegra.  A un héroe que no estaba al pie del cañón porque lo tenía incorporado, le sucedió algo distinto que a cualquier padre de familia en la sala de espera de la clínica de partos:

- Señor, lo felicito; usted acaba de ser padre de quintillizos-.
- Gracias, doctor.  Es que yo tengo buen cañón-.
- En ese caso le aconsejo que lo limpie bien, porque le salieron negritos-.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Al pie de la letra

Algunas instrucciones para el manejo de electrodomésticos vienen en un español tan mal traducido que, si vamos a operar el aparato, lo mejor es no seguir al pie de la letra las recomendaciones.  Los chinos, esos de ojos rasgados a los que ahora les dio por hacer lo que hacen los japoneses y los norteamericanos, pero a precio de chichigua, en su manual de instrucciones dicen que “Se debe pelar la cobre y tener caution por es dangerous”.  Aquí, pelar el cobre es tan peligroso como rascarle la barriga a una cascabel.

En los textos bíblicos tampoco se debe hacer lo que mandan, al pie de la letra.  ¿Cómo así que “hay que sufrir con paciencia las adversidades y flaquezas de nuestro prójimo“?  No, señor, las adversidades y flaquezas de nuestro prójimo las deben sufrir ellos, los que componen ese prójimo, que se las buscaron y no se las aguantan por zoquetes.  Yo, de mi parte, trato de parrandear hasta donde me lo permite el prójimo adversario femenino, y si hay flaqueza de por medio, que no sea mía.

En tiempos inmemoriales -mejor que se hayan olvidado- se practicaba la cacería de brujas al pie de la letra; los “salvadores de la humanidad” no hicieron bien su trabajo o cazaron a los que no eran, porque hoy sí hay bastantes brujas; algunas ya ocupan el sitial de los verdugos e invocan las Sagradas Escrituras: “Todo hombre o mujer que llame a los espíritus o practique la adivinación, morirá apedreado” (Levítico, 20:27).  Delicioso ser brujo y ordenar el exterminio de los brujos.  Es como el ladrón que corre y señala a otro tipo, honrado hasta en el caminar, gritando: “¡Cójanlo, cójanlo!”.

Donde no funciona bien la expresión al pie de la letra es en las galleras, mejor dicho, entre galleros.  Veamos.

El papá gallero mandó al hijo gallero a unas ferias de El Tambo (Cauca) con un  gallo preparado para que lo jugara con la absoluta seguridad de ganar.  El muchacho, apenas llegó a El Tambo, se olvidó de la gallera y se dedicó a parrandear.  Al efecto vendió el gallo y se gastó la plata.  Ya en el segundo día de guayabo le mandó un telegrama a su papá gallero pidiéndole dinero,  que decía: “GALLO PERDIÓSE PUNTO ENVÍE GIRO PUNTO”.  El papá gallero respondió: “RESERVO COLORADO PUNTO GIRO ESTÁ EMPLUMANDO PUNTO”.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Al perro no lo capan dos veces

Ni al perro, ni al gato ni al misiringato los capan dos veces.  El problema es que al hombre, sí; bueno, por lo menos figuradamente.  Un hombre comete errores y los repite; lo grave ocurre cuando se da cuenta y lo justifica con inventos que ni él mismo cree.

Estanislao Zuleta decía que empleábamos métodos explicativos muy diferentes cuando se trataba de “los fracasos y los errores propios y los del otro cuando es adversario o cuando disputamos con él”.  En el caso del otro aplicamos el esencialismo, en nuestro caso el circunstancialismo: “Él es así; yo me ví obligado”.  Es una forma de persistir en el error; como decir, caparse uno mismo varias veces; en otros ámbitos de la naturaleza no hay animal mayor de terco.

Como de conseguir plata se trata, en nuestro paraíso capitalista hay diferentes métodos para lograrlo.  Basta inventarse un juego donde yo gane y los demás consignen; estas son las llamadas pirámides, que ahora mismo están de moda; aunque siempre han existido, sólo que antes caparon a unos clientes y hoy los vuelven a capar con otro nombre.  Antes les llamaban aviones, cadenas, ruletas; ahora las volvieron a reencauchar como pirámides, y ese me parece un nombre preciso: aquí únicamente gana el que está en la cima, el que se inventó el juego.  Los de abajo son tan mensos que después de consignar una plata que nadie les obligó a hacerlo, todavía quieren que se las devuelvan.  También se puede perder dinero dos veces, y seguidas, cuando a uno lo meten en la condición del vecino buena gente, muy cordial, nada pichicato y hasta buen mozo.  De estas palabras se valen algunas damas que tienen psicología de tigre, porque saben distinguir la presa en medio de manadas de hombres-lobo.  La primera vez dijo la dama que sólo necesitaba cincuenta mil pesitos para cuadrar caja antes de que llegara el jefe; se prestaron y se perdieron.  La segunda vez necesitaba un codeudor de dos millones para ponerle un negocio al hijo; se firmó y el hijo no pagó.  Después de dos capadas, quedó la buena fe asaltada; pero, eso sí, “¡qué buena persona es el vecino!”.

martes, 26 de enero de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Al pan pan, y al vino vino

Al grano; sin rodeos; las cosas por su nombre; tal cual; podría decirse que son sinónimos.  ¿Qué tal una posición de carácter?  Las posiciones de carácter no necesitan de lugares comunes para fijarse; se pueden hacer evidentes con un acto o con una actitud o hablando con palabras normales y precisas.  Los lugares comunes aparecen en la galería, vale decir, en la tribuna de espectadores testigos del evento, para alebrestar a los contendores, como azuzando en una pelea de gallos.  Quienes demuestran carácter son asimilados como antipáticos; de hecho, el carácter demuestra un recio temperamento que no es agradable para quien lo enfrenta.  ¿No tienen carácter la mujer y la suegra, juntas?  ¿Y qué tal un cuñado atravesado?

Los militares -oficiales, para mejor decir- andan demostrando su carácter en lugares frecuentados por reclutas o por damas encantadoras; para ellos un civil que no obedece a sus deseos arbitrarios es un tarado conscripto que merece menosprecio; si de él dependiera, lo pondría a hacer en plena calle treinta flexiones de pecho y cuarenta lagartijas, por el hecho de ejercitar su carácter.

Uno de los grandes logros retrógrados de los gobiernos que padecemos es haber extirpado el carácter de las instituciones educativas y laborales.  El estudiante no debe estar en desacuerdo con su profesor, porque es peligroso que lo expulsen; que un joven reflexivo exija pruebas históricas de la existencia de Cristo, no es un acto de raciocinio científico sino de afrenta a las creencias dogmáticas, metidas en el “tuste” desde chiquito; ese individuo no merece estar en el colegio, y de curas, menos; debe expulsarse y, de ñapa, excomulgarse.  El trabajador no puede protestar porque le metieron más trabajo y le mermaron el sueldo, sin correr el riesgo de quedar en la calle, vilipendiado y sin cinco, tal como un artista en desuso.  En ambos lugares no se puede decir al pan pan, y al vino vino.

Con todo, hay hombres de carácter pero también hay francotiradores agazapados que se encargan de eliminar a esos hombres.  Los humanos se inventan pendejadas -que las creen los pendejos- para hacerse matar por ellas.  De carácter fue este pensamiento de muro, cerca de un monasterio: “A este pueblo, por ponerse a rezar, se le olvidó pensar”.

domingo, 17 de enero de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Al César lo que es del César

Es la frase más cercana de la expresión “A cada quien lo suyo”.  Por ejemplo, la mujer que le toca a uno no es de otro y menos de César, así César esté reclamándola cuando uno está en el trabajo.  No podemos darle a César lo que es de Horacio.  Eso sería tan grave como darle en administración al Cuerpo de Bomberos una fábrica de cerillas contigua a una estación de gasolina.  O peor, darle a un cojo una bicicleta estática.  Las cosas son como son, o mejor, las cosas son del que se las encuentra.  Así lo dice un filósofo que canta sólo en cantinas: “Lo que ha de ser para uno, uno se lo tiene que encontrar”.

En la antigua Roma -entre los años sesenta y cuarenta y cuatro, antes de nacer Chucho-  Cayo Julio César era el guía político y militar del imperio.  El que se inventaba guerras de conquista como aquella contra las Galias y sobre la cual escribía comentarios donde él quedaba bien parado, como amante desatado.  Fue el precursor de los Panzer alemanes, porque hizo una campaña contra el rey del Ponto que le valió decir: “Vine, vi, vencí”.  Al final resultó muerto por Bruto, el hijo adoptivo que dirigió a unos puñaleros que se decían conjurados.  Toda esta leve historia es de César y de nadie más.  Por eso, al César lo que es del César.

Ahora toca referirnos a los políticos nuestros, que de César tienen apenas el nombre.  Hubo uno por ahí, antes de desaparecer bajo tierra de cementerio, que tenía una inteligencia elemental para hablar y descomunal para despojar propiedades ajenas.  A este César se le atribuyen las palabras que le hizo a nuestra ciudad después del terremoto de mil novecientos ochenta y tres y en pleno auge de los centros comerciales:

- Felicito a Popayán porque ya tiene su epicentro-.

Esto es de César, y de nadie más. 

Quien mejor interpretó esta expresión fue el marido retozón cuando, después de una noche con la amante, se le olvidó revisar el carro alcahuete de faenas y, preciso, la esposa apenas se subió encontró un anillo de la rival sobre la silla delantera y, mostrándolo como cuerpo del delito, le preguntó al marido:

- ¿Y esto de quién es?-.

Al tipo, sorprendido y ante la prueba irrecusable, sólo se le ocurrió decir:

- Suyo, mija-.
- Cómo que mío, ¿y por qué mío?-.

El infiel hizo lo de César:

- Porque las cosas son del que se las encuentra-.

sábado, 9 de enero de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Al ahogado no hay que buscarlo río arriba

Es una expresión que apela a la lógica elemental del ser humano.  Es lógica, porque hasta ahora no se han inventado ríos que corran hacia arriba.  Los ahogados lo saben, por eso pegan para abajo.  En nuestro país nos han metido el cuento de que la delincuencia se acaba con policía; que las inundaciones de cada año de nuestros dos ríos, el Cauca y el Magdalena, se resuelven con frazadas y comida para los damnificados o haciendo rogativas para que no llueva.  Este es un ejemplo típico, en teoría política, de buscar al ahogado río arriba; aquí no opera la lógica elemental.  En consecuencia, los problemas no se solucionan y cada año son más graves, hasta llegar a insolubles y convivir con ellos, como con una gangrena.

Para buscar al ahogado río abajo tenemos que partir del principio de que un problema tiene dos componentes: causas y consecuencias.  Si se resuelven las causas, se solucionan las consecuencias y el problema desaparece.  La delincuencia es la consecuencia de un gran problema social aún no resuelto.  Nuestros políticos no lo han resuelto y, con esa lógica -buscar al ahogado río arriba-, nunca lo resolverán.  Las inundaciones de nuestros ríos son consecuencia de la falta de regulación de sus aguas y de la deforestación.  Causas, ambas, que se resuelven con política traducida en obras de construcción de represas y canales de irrigación y con la reforestación de cuencas.  Para mejor decirles, remedar el ciclo de la guadua.

Pero para qué boto corriente.  Después me califican de utópico, que no es tan drástico como el calificativo que le dieron al sacerdote aquel de un pueblo del sur del Cauca y norte de Nariño.  Por allá entre El Pilón y Taminango llevaban sus pobladores varios años sin ver la lluvia y estaban a punto de emigrar por la falta de agua.  Decidieron entonces acudir al curita para que ofreciera una rogativa al Señor de no sé qué cosa -aquí hay señores para todo-, a ver si al fin se producía la tan anhelada lluvia.  El religioso, muy práctico, les preguntó cuánto tenían.  Los pobladores dijeron que habían reunido doscientos mil pesitos.  Entonces el cura replicó (esto le valió el calificativo insigne):

- ¡Uuuh, con esa plata ni se nubla!-.