viernes, 18 de diciembre de 2009
Lugares comunes a lo patojo
jueves, 19 de noviembre de 2009
Lugares comunes a lo patojo
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Lugares comunes a lo patojo
lunes, 19 de octubre de 2009
Lugares comunes a lo patojo
lunes, 14 de septiembre de 2009
Lugares comunes a lo patojo
A pies juntillas
- No, contá-.
- Pues cómo les parece que en el paseo del domingo dieciocho de junio de dos mil cinco a La Lajita, yendo para Chuni, a las cinco de la tarde, el doctor mojigato ése se fue a coger moras y la Cleotilde se le fue detrás con el pretexto de que iba a mear. Ya eran casi las seis de la tarde y no aparecían. Entonces el marido de Cleotilde, con borrachera y todo, fue a buscarla y encontró al dichoso doctor, medio pelado, durmiendo sobre las playitas del río, más abajo. Pero Cleotilde no estaba. El marido lo despertó y le preguntó por su mujer; el doctor mojigato le dijo que no la había visto, pero no le creyó y le preguntó que por qué estaba así, medio “viringo”. El doctor mojigato le dijo que se había metido en el río hasta la cintura para coger energías, pues no sabía nadar. El marido cabrón se dedicó a buscar a su mujer por otra parte y la encontró al otro lado del río, en la parte alta, donde hay una guarapera, tomando de ese guandolo con unos tipos de mala muerte-.
- ¿Y luego qué pasó?-.
- Pues cómo les parece que el marido cornudo echó a la calle a la Cleotilde-.
- ¿Y entonces, se fue a vivir con el doctor mojigato?-.
- No, ahora está en Chuni viviendo con el dueño de la guarapera-.
miércoles, 19 de agosto de 2009
Lugares comunes a lo patojo
A pedir de boca
Cuando no se es vegetariano, cuando se tiene un hambre la macha, tipo una de la tarde sin almorzar, y se pasa frente a un asadero de churrascos, se vuelve agua la boca, se multiplican todos los olores y se hacen intensos los colores, decimos con absoluta seguridad que todo ese trozo de punta de anca de caliente brillantez, despidiendo humo, revolcándose en medio de las brasas, está a pedir de boca. (Para los vegetarianos sería una ensalada con miel de abejas).
También está a pedir de boca, pero ya en lenguaje poético, esa mujer que pasa frente a nosotros desplegando su belleza, envolviéndonos en su perfume Cartier de ensoñación, mostrándonos su entorno de bellas formas envueltas en seda fina -bien delgadita- transparentando lo que ya conocemos e insinuando con insistencia lo desconocido, como un misterio de Poe; maltratando sin compasión a nuestro pobre corazón a punto de pararse; dejándonos frustrados en mitad de la calle y, lo peor, seguir viviendo después de semejante golpe, como sacudón de alto voltaje. ¡No hay derecho a tamaña crueldad! (“No es que los hombres sean malos; ¡es que las mujeres son muy buenas!”).
Aquí, en Popayán, donde ya no se dan patojos de esos que bebían como mandaba el abuelo: “Emborrachémonos para saber cómo es la realidad”, ahora no beben, ni gastan; ambas cosas las prohibe el médico. Por eso volvemos atrás, a rescatar la memoria de quienes sí sabían disfrutar. Alberto Mosquera cumplía años todos los ocho de julio. En uno de éstos la tía querida le llevó un porrón de guarapo para la celebración; entonces Alberto lo recibió, a pedir de boca, con este epigrama:
La simpática Alina,
en mi cumpleaños,
¡ay qué dicha!,
trajo la tina;
y por el ocho
hizo la chicha.
viernes, 10 de julio de 2009
Lugares comunes a lo patojo
A parir sapos
A quien sí le tocó parir sapos fue al odontólogo, grueso y barrigón, que atendió a uno de nuestros representantes precolombinos que llegó con una muela de esas épocas, negra y fosilizada. Por allá por los cincuenta (una forma de decir entre los años mil novecientos cincuenta y mil novecientos cincuenta y nueve) ejercía la odontología en Popayán un paisa de apellido Mejía. Por esas mismas épocas se presentó un indio paez ante el citado odontólogo para que le sacara una muela cordal que lo tenía “desgualangao” del dolor. Empezó el doctor Mejía a hacer la fuerza de extracción con su instrumento, en forma de tenaza, sobre la pieza adolorida pero ésta ni se movía. Hizo aun más fuerza, y medio se movió. Decidió el galeno de muelas apuntalarse en su benigna barriga contra el paciente y aplicar un esfuerzo máximo. En ese momento supremo de la extracción el indio lanzó un ¡ahhh! prolongado y se tiró un pedo. El doctor, sudoroso y con la muela agarrada en la tenaza, exclamó después del ruido:
- ¡Puchas! ¡Las raíces de esta muela llegaban hasta el culo!
