sábado, 10 de septiembre de 2011

Lugares comunes a lo patojo


Como a perro en misa

¿Alguna vez han visto a un perro en misa?  Es el enemigo público número uno de la religión.  Si los feligreses están sentados esperando al cura para que empiece el sagrado ceremonial, el perro gruñe; cuando se levantan porque llegó el cura, el perro ladra; si se ponen de rodillas, el perro aúlla.  Hasta cuando a los presentes les entra el diablo y le dan patadas al can.  El mejor amigo del hombre comienza a saltar entre las bancas para eludir las coces de las bestias religiosas; a estas alturas de la ceremonia el sacristán interviene, no para defender al animalito, sino para cazarlo como a Satán desatado.  El cuadrúpedo ladra agresivo para defenderse y aúlla lastimero por el patadón asestado.  Durante todo este tiempo los rezanderos se han olvidado del cura y de la ceremonia y han centrado toda su atención en el perro, que en vez de salirse vuelve a dar vueltas para que lo castiguen con más saña.  Al final el canino, hecho un cristo moribundo, cual mártir del Gólgota, es retirado de la iglesia por un monaguillo compasivo.  El cura, después del sacrificio ofrecido, dice: “Podéis ir en paz”.  Todos se dan la mano y refrendan: “La paz sea contigo”.  Cuando salen los correligionarios del recinto, el perro en el atrio, casi moribundo, como tocado por un corrientazo,  sale en veloz carrera hacia el mundo de la calle que es más humano y menos divino.  De ahí que a una persona que sufre las circunstancias de la vida, en cualquier evento, le dicen que le fue como a perro en misa.

Memo León, que todo lo hacía mal, tenía fama en todos los campos de ser un tipo de malas.  Bueno, para no caer en el extremismo debemos reconocer que no hay hombres de malas; hay hombres que todo lo hacen mal y en consecuencia terminan mal, como perro en misa.  De Memo León decían que era tan de malas que “cuando le jalaba a los discursos se le iban las patas, cuando le jalaba a la caza se le iban los patos y cuando le jalaba a la vagabundería se le iban las putas”.

lunes, 6 de junio de 2011

Lugares comunes a lo patojo

Colgar el hacha

El pastuso angarillo que presenció, hace años, una explosión irregular cerca al Bulevar Niza, en Bogotá, comentaba después a las autoridades que “sólo estaba colgando el hacha cuando sentí el estruendononón y quedé todo sonso”.  El policía bogotano, que no entendía nada de lo dicho por el pastuso, le confirmó después de escucharle ese lenguaje: “Y eso no se quita”.  Claro, la acción de colgar el hacha es como hacer nada, con la boca abierta y la mirada perdida.

Cuando estamos parados en una esquina cualquiera, sin tiempo pero con lugar fijo, y pasan las damas en sucesivas oleadas por la pasarela de los tormentos masculinos, hacemos lo del pastuso: colgar el hacha.  ¿Y qué puede hacer uno ante el despliegue de tanta belleza junta, sobre todo en la esquina de la cuarta con quinta, en el claustro de Santo Domingo de Popayán, cuando hacen su ingreso las futuras doctoras en Derecho y Ciencias Políticas, revueltas -cuando salen por las calles- con las colegialas de las Josefinas y las estudiantes del Colegio Mayor?   Pues colgar el hacha.  Le sucedió al colono antioqueño cuando, ya establecido en la nueva tierra, se autojubiló y colgó el hacha, cansado de arrasar árboles, que en el siglo diecinueve y parte del veinte era una acción heroica -hoy es criminal- para asentar a su familia, cultivar la tierra y criar bestias; fundar pueblos que hoy son ciudades.  De esas lejanas épocas viene el símil, ya casi desaparecido.  Lo aprendimos los caucanos y los pastusos, que éramos centro y parte del Gran Cauca -desmembrado en mil novecientos cinco bajo la dictadura de Rafael Reyes- donde los caldenses tenían cabida.  Ahora cuando lo usamos suena a arcaico; por eso los bogotanos no entienden.

En Popayán es de mucha tradición la estación de servicio que antiguamente llamábamos la Bomba de los Campo (en referencia a los hermanos Campo)  y que aún hoy presta servicio en el sector de la glorieta de la avenida Mosquera con carrera octava.  En cierta ocasión iba el “Genio” Castrillón  con un amigo en charla animada, hasta cuando se atrancaron en el andén de la estación de servicio por tres señores que colgaban el hacha y obstaculizaban el paso.  El “Genio” puso las palmas de sus manos a manera de lanza por entre los señores y, abriéndolas para separarlos, les dijo:

- Campo, hermanos-.

jueves, 28 de abril de 2011

Lugares comunes a lo patojo

Colgado de la brocha

¿Cuántas veces no sucedió?  Que el gerente de una empresa oficial obligara al interventor de obras civiles a dar por recibida una obra antes del treinta y uno de diciembre, sin terminar, para que no le centralizaran el presupuesto.  En sana lógica el responsable es el interventor, quien firma; pero eso de recibir algo en el papel, que no se ha entregado en la realidad, entraña un peligro semejante al pintor de brocha gorda (cuando se usaba, después de clausurar el hisopo) que está en el décimo piso por la parte exterior del edificio, se le cae el andamio y, por instinto de conservación, se agarra de lo único que tiene en la mano: la brocha.

En la administración pública puede suceder que el gerente denuncie subrepticiamente el hecho para prescindir del interventor; aquí el interventor quedó colgado de la brocha al confiar en la buena fe del gerente.  O puede ocurrir que el contratista reciba el pago y desaparezca sin terminar la obra; otra vez el interventor queda colgado de la brocha.  Un buen interventor no transa sus principios y nunca queda colgado de la brocha.  Un buen interventor permite que contratistas y gerentes pasen al patio de la prisión por pícaros, e impide que se llenen de ingenuos las cárceles.  Dicen que “todo ladrón juzga por su condición”; pero podríamos aventurar este dicho popular en el sentido inverso para elevarlo a la condición de axioma: “Todo honrado juzga por su honradez”.  Quien es honrado, cree y obra como si los demás lo fueran; por eso cae fácil ante los embaucadores o estafadores.

Quienes la pasaron normal -nadie resultó estafado- dada su edad, en los catanos, y condición de cobradoras del amor, en las meretrices, fueron dos parejas disparejas.  Par viejitos decidieron ir de galanes nocturnos por los “gulungunes” del sur, y como para todos hay surtido, se enredaron con dos damas de incierta belleza  de medianoche.  Pasada la aventura se encontraron al otro día:

- ¡Hola, Bladesmiro!, ¿cómo te fue anoche?-.
- Si vieras, Afortunio, que llegué a la pieza y caí como un pollo.  ¡Dormí toda la noche, sin ninguna interrupción!-.
- En cambio yo no dejé dormir a mi dama de compañía-.
- Cómo así.  ¿Te fue bien?  Contá-.
- Pues cómo te parece, Bladesmiro, que mi pareja no pudo dormir porque pasé toda la noche con una tosecita...-.

domingo, 27 de marzo de 2011

Lugares comunes a lo patojo

Coger al toro por los cachos

El primero que dio el ejemplo fue un Goliat en el circo romano, lo sé porque lo vi en cine, en pantalla más grande que cualquier plasma, en tecnicolor y cinemascope.  Agarró a un toro como se agarra al derecho una carreta de dos ruedas, y le volteó el mascadero al pobre animal, para evitar que embistiera a la reina de Saba que, amarrada a un obelisco e indefensa en el centro de la arena, adornaba el espectáculo.  De ahí en adelante todos los problemas que surgen (por la idiotez o por descuido del ser humano) se parecen al toro y las soluciones son las mismas que Goliat aplicó: coger al toro por los cachos, es decir, enfrentarlo y no eludirlo, como hábil futbolista frente a defensa tronco.

Sin embargo, hay quienes resuelven los problemas a pontocones; mejor dicho, no los solucionan, los agravan porque no enfrentan las causas sino las consecuencias.  Es como coger al toro por la cola.  La consecuencia lógica de esta actitud es la acumulación y el agravamiento, dos situaciones que inexorablemente llevan al fracaso.  Sucedió en la segunda guerra mundial: Alemania, en el momento cumbre, multiplicó los frentes de guerra sin ganar uno; entre tanto Inglaterra, tenía uno solo, la defensa.  Pero mejor no hablemos de guerra, que bastante tenemos con la de los sexos; una confrontación que los hombres la llevamos adorablemente perdida, y mejor que así sea.  Las mujeres derrotadas son tan peligrosas como esos toros con cuernos afilados, y nosotros amarrados en mitad de la plaza, sin Goliat.

Si de cuernos hablamos, tenemos que referirnos a toros y no a maridos; los mismos (los toros) a quienes refería doña “Mati” cuando en lejanas décadas era secretaria de un juzgado de Popayán.  Hubo necesidad de hacer una inspección, creo que por los lados de Cajibío, y para el efecto viajaban en un Studebaker modelo cincuenta y cinco el juez, tres funcionarios y doña “Mati” como secretaria.  En esos tiempos era raro un viaje así, y no faltó el amigo de la dama que le preguntara, malicioso:

- Oiga, Matilde, ¿a usted no le da miedo ir tan lejos con cuatro hombres?-.
- ¿Pues, sabe que no?  Porque los hombres son como los toros de casta: en manada no tiran-.

sábado, 19 de febrero de 2011

Lugares comunes a lo patojo

Cerrar filas

Entre las historias desconocidas del antiguo oeste norteamericano, que ni en películas veíamos, hay una que tiene íntima relación con el bienestar humano y era protagonizada por los bisontes -animales extinguidos, como los castores, para dar satisfacción al capital-.  Los bisontes cerraban filas alrededor de un sitio donde se sentían a gusto; grandes manadas se arremolinaban como en una convención de profesionales recién echados; los nativos americanos -inteligentes, antes de vivir como los civilizados- después de espantar a estos animalitos especiales, tomaban el sitio para hacer sus viviendas; allí sentían la tranquilidad que da la paz.  El lugar no era otra cosa que un campo privilegiado exento de radiación que producía bienestar en todos los cuerpos vivos, libre de contaminación; lo descubrían los bisontes; lo sabían todos los americanos de piel trigueña y lo aprovechaban.  Los únicos ignorantes eran los colonos de piel blanca, que hicieron casas donde había terremotos, en zonas de gran radiación electromagnética por los cambios estructurales del planeta.  Está demostrado -pregúntenle a otro más desocupado que yo (científico)- que la exposición permanente a radiaciones electromagnéticas produce en el cuerpo humano descompensaciones de todo tipo: electrolíticas, iónicas, celulares y la muerte.  O si no, ¿por qué creen ustedes que quienes laboran en medios radiactivos se protegen como astronautas en Marte?  Mejor dicho, una “rasca” terciaria sólo lleva a un “guayabo” primario; nada.  La radiación es otra cosa.

Volviendo a lo de los bisontes, esos lugares privilegiados los descubrían las llamas, las alpacas y, por una condición innata, los nativos.  Ahí tenemos a Machu Picchu, a Tihuanaco y, más cerquita, a San Andrés de Pisimbalá, San Agustín arqueológico.  Son sitios en donde uno quiere quedarse por siempre, por la felicidad que producen.  Vayan y me cuentan.

La expresión cerrar filas no es, como dice un grafito por ahí en Carabobo, en Medellín, en alusión a un político reconocido: “Para que no se escape”; es todo lo contrario: para apoyarlo.  Pero había uno, ahora que nos referimos a grafitos, por la vuelta, que era una queja desmesurada: “Cada vez creen menos en mí.                      Atentamente, Dios”.

sábado, 15 de enero de 2011

Lugares comunes a lo patojo

Caldo de cuyes

Esta expresión es muy patoja, muy nuestra; significa volver una cosa más chiquita que una mincha, desintegrarla hasta convertirla en nada.  Y nada, es un chorizo sin carne y sin forro, según Montecristo Santuario y Zuluaga.  De por sí los cuyes son chiquitos, y un caldo, más chiquito aún.  Si quisiéramos cumplir con eso de “dar de comer al hambriento” y usamos un caldo de cuyes, quedamos en deuda con las obras de misericordia.

Caldo de cuyes hicieron nuestros políticos con una empresa insignia del despegue nacional del siglo veinte: los Ferrocarriles Nacionales.  Para quebrarla y evitar que fuera competencia del transporte por carretera -donde los intereses privados eran superiores a los del país- designaron a gerentes “petardos” para quienes era más barato transportar seis vacas en un camión que doscientas en un tren de carga por el mismo precio.  El mantenimiento de la trocha se hacía con traviesas podridas cada doscientos metros para que el descarrilamiento del tren obligara a pasarse al camión o al bus.  Al gerente, con la diferencia en el bolsillo entre comprar traviesas buenas y podridas, le alcanzaba para comprar un camión y un bus.  Con estos gerentes lambones y ladrones -cuyos nietos siguen acabando con las pocas empresas del Estado que aún quedan- el transporte se volvió caldo de cuyes: el tren no existe ni para turismo y los ríos ya no arrastran remolcadores, si acaso cadáveres de guerras.

Dejemos de lado esta historia lacrimosa y volvamos a Popayán, ciudad a la que le quitaron el tren, la estación, los rieles y las traviesas de chanul; menos mal no le quitaron el río.  Pero ya casi.  Para reirnos de nuestra desgracia, veamos lo que le pasó a “Chancaca” -personaje típico que tocaba la flauta como consagrado músico- quien por esos días de la Semana Santa de mil novecientos setenta acudió a una oficina de turismo en afán curioso, por ver mujeres bellas de aquí y de allá.  Una secretaria, apenas lo vio, se acercó para invitarlo a irse diciéndole:

- Usted, señor, si me lo permite su decencia, favor se retira o lo puedo convertir en un caldo de cuyes-.

“Chancaca”, sin inmutarse y viendo la belleza que tenía al frente, le respondió:

- Usted, señorita, si me lo permite su candor, la puedo convertir en señora-.  
  

lunes, 13 de diciembre de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Caja de resonancia

La resonancia es la coincidencia de dos frecuencias; la caja es un cubículo rectangular.  Así era la radio antigua: una caja rectangular con dos perillas, una que variaba el volumen, cambiaba el valor de la resistencia (potenciómetro) y, por lo tanto, regulaba la corriente que llegaba al parlante; la otra perilla variaba un condensador metálico y por ende la frecuencia; era el que producía una frecuencia que coincidía con la de la emisora que uno quería escuchar, la sintonizaba.  De aquí viene la expresión caja de resonancia; todo lo que la radio emitía se multiplicaba exponencialmente al público oyente.

Ahora en tiempos modernos cuando no saben qué es una perilla ni mucho menos una caja, las emisoras se sintonizan bajo el mismo principio pero en “aipods”, aparatos chiquitos -como lagartijas- que valen, cada uno, lo mismo que tres docenas de radios antiguos y caben en una lágrima.  Para poder oír hay que meterse unos adminículos en los únicos depósitos de cera que tenemos, que nos aislan del mundo exterior como a Beethoven, porque oímos lo mismo que el genio: un carajo.  Sólo escuchamos lo que viene de adentro.  Como sería incómodo decir hoy: “Lizard ipod”, para estar a la moda, seguimos utilizando caja de resonancia para referirnos a los bochinches que se propagan por los medios radiales.

Hay otra acepción más sutil y es la más usada.  Cuando un político utiliza a otro -pendejo o avispado, vaya uno a saber- para decir sus verdades -¡qué diablos, sus mentiras!-, a este último le enchapan -le ponen la chapa- con el consabido caja de resonancia.  De suerte que tenemos la expresión suprema para identificar al lambón: el doctor Hermenegildo Insuasty es la caja de resonancia del presidente de Asoyuca, el doctor Papamija.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Cada quien tiene su manera de matar pulgas

Es cierto.  Cada quien hace las cosas a su manera, como le quede más fácil; sólo algunos estúpidos matan pulgas con escopeta; bueno, y de paso aniquilan el lecho donde duermen (“… mísero can…”).

En el mundo de la literatura, a la manera propia de escribir le llaman estilo, y hubo un tipo -no me acuerdo cómo se llamaba- que dijo: “El estilo es el hombre”.  Como ven, la mujer aún no tiene registro, por lo tanto no tiene estilo, ni menos una forma de matar pulgas.  En consecuencia, es mejor que la mujer no duerma con perros, que son el regazo natural de las pulgas, y sin un estilo para matarlas, proliferan; aunque hay unos perros que no tienen pulgas, pero tienen otros bichos imposibles de eliminar; con estos perros las mujeres podrían dormir, pero es que no dejan.

En la administración pública se ven casos de jefes que tienen su manera de matar pulgas.  Hubo un gerente por estos lados, que siempre utilizaba el mismo giro en toda su correspondencia: “No de otra forma”.  Aparecían textos simpáticos como “Su reclamo, señora, está siendo tramitado por la administración central, no de otra forma lo podemos analizar”.  O este otro: “Le informo que su solicitud de vacaciones está sujeta al plan anual, no de otra forma usted podría quedarse en casa en vez de viajar con su familia”.  El gerente en mención, no de otra forma podía escribir; he ahí el estilo.

Aunque en Popayán abundan las pulgas -por aquello de la cantidad de “perras”- el “Genio” Castrillón, que no era matarife, sí tenía estilo para sacudirlas:

- “Genio”, ¿y usted por qué siempre se la pasa “rascao”?-.
- Príncipe, porque en Popayán hay mucha pulga”.

martes, 19 de octubre de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Cabras dan leche

Entre Anserma y Riosucio (Departamento de Caldas) hay una lechería que el ingenio paisa bautizó con el aviso: “Donde las cabras dan leche”.  Allí se expende leche de vaca paisa, que si no es más nutritiva por lo menos es abundante y no da quichas.  De esta leche sacan los quesos holandeses que se producen en Colombia y el queso parmesano que no produce Italia.

También las abuelas -paisas y de las nuestras- en lejanos almanaques Bristol, tenían la gracia suficiente para inducir al hijo a estudiar, porque de otra forma vendrían los trabajos forzados y el castigo del confinamiento:

- ¡O te ponés a estudiar, o cabras dan leche!-.

Entre agiotistas y apostadores encierra una velada amenaza: o me pagás, o cabras dan leche.  Si las cabras dan leche es porque la deuda se extravía entre explicaciones enredadas no convincentes y la amenaza corre a hacerse efectiva.  ¡Qué miedo!  El miedo que se experimenta es el mismo que se afronta la primera vez con una mujer extraña o por el último intento con una bien conocida.

Si la cabra al monte tira no es porque lo diga un tango; es verdad, como saber que el monte da comida y abrigo a estos animalitos acostumbrados a los desiertos y a las rocas, donde hay humanos hambreados y sedientos.  Las cabras, por los desiertos peruanos y chilenos, son el sostén de los viajeros en un clima de apabullante canícula; donde alguna vez está el pescado lejos y, otras, reemplaza a la carne de cabrito -como le dicen al marido de la cabra los quechuas, descendientes de los incas-.  En Perú, la misma cabra que pasta en el desierto no da leche, aunque sí lástima.  Aquí, ni las cabras dan leche.

Una muestra de que en Popayán se cumple el mandato del cura, impartido desde el púlpito en la misa dominical, o cabras dan leche, se dio por los años sesenta del siglo veinte cuando se arrasó la “zona de tolerancia”  de la doce y se trocó en cómodas residencias dispersas con damas aún más dispuestas.  El cura, que no cito porque aún vive los últimos estertores de los noventa años, manifestó su desagrado al conocer que  personas prestantes frecuentaran esas casas, dada la novedad, y amenazó con dar en público nombres propios como escarmiento.  Dijo el cura mojigato:

- Se me ha informado que personas de reconocida honorabilidad están frecuentando las llamadas “casas de citas“ recién inauguradas.  Es mi deber prevenir esa práctica aberrante que pone en riesgo la salud de todos nosotros, templos de Dios.  Si en estos ocho días me vuelven a informar de tales prácticas, el próximo domingo daré los nombres de los señores que han visitado esos antros del vicio, en español, para que se entiendan.  Hoy diré el primer nombre de una lista de diez, pero en latín: Eliodorus Velascus.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Caballito de batalla

Primero fue el caballo de Troya.  La historia fue así, según me la contó Homero: los griegos llevaban diez años de sitio a la fortaleza de Troya sin coparla y sin derrotarla.  Durante ese tiempo les dio por hacer pendejadas; una de esas, construir un gigantesco caballo de madera para ejercer su idolatría -ese fue el cuento que les echaron a los troyanos- y también para pasar el tiempo.  Al cabo de los diez años los griegos les dijeron chao a los fortalecidos troyanos; cogieron sus barcas y se fueron, pero les dejaron como recuerdo el caballito ese, que pesaba como una tractomula de las de ahora, pero sin ruedas.  Los troyanos -que ni grúa tenían- metieron al caballote a su fortaleza con unos rodachines de madera para tenerlo como trofeo de guerra, y se dedicaron a la fiesta.  Tanto, que no atrancaron algunas puertas.  En la noche, bien borrachos los troyanos, vieron alucinaciones; vieron que el caballo paría griegos de lo lindo, que las puertas se abrían para que entraran los que se habían ido, y vieron la nebulosa vida antes de convencerse de la muerte.  Esa batalla la ganó Grecia por el caballo; de ahí quedó esa frasecita que hoy todavía la utilizan los periodistas que no conocen ni la historia de Grecia, ni  La Iliada, ni Homero.  También la usan los políticos para presumir de cultos cuando confunden al caballo de Troya con el caballo de ajedrez o el caballo de Efrén; mejor dicho, con Efrén “El caballo”.

En ocasiones, cuando a las mujeres les da por manejar carro, aparecen los equinos, no necesariamente caballos; también les da por hablar por teléfono celular, mirar la pantalla de la tienda de variedades que está al frente, observar la mugre que tiene el parabrisas, hasta que no hay de otra, cruzan a su izquierda, sin avisar, y causan el accidente.  Viene el consecuente reclamo airado del conductor del vehículo averiado y también la respuesta de la dama más airada porque “¿Ese pendejo por qué no se quitó?”.  También aparece el agente de tránsito, quien le hace una recomendación tardía a la descuidada conductora:

- Señorita, cuando usted conduzca tiene que mirar también a los lados-.

La mujer, ya calmada y entrada en razón, recordó un leve insulto del afectado:

- ¡Ay!  ¿Sería por eso que el señor me gritó ¡mula!?-.

martes, 17 de agosto de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Buscarle la comba al palo

Algunos abogados más tramposos que un dado de cinco lados le hacen el quiebre a la ley; otros profesionales hacen lo mismo y lo disfrazan como buscarle la comba al palo.  Es como acomodar mis intereses y los de mi partido a las normas que impone la ley.  Que una licitación resultó desierta después de haberla convocado tres veces, le da facultad al ordenador para hacer la contratación en forma directa, sin licitación.  ¿Y cómo se logró que se declarara desierta la licitación?  Pues sencillo, se regó la bola de que ese contrato tenía nombre propio; los contratistas honrados -que los hay- no participaron para no perder tiempo y esfuerzo.  Preciso, el gerente adjudicó el contrato al sobrino del primo de la tía de la mujer, y, tan orondo, hasta lo publicó en el diario local para preservar la transparencia.  El cuarto grado de consaguinidad -hasta donde llega el impedimento- se obvió por un caso de enredo familiar que alejó, a distancia prudencial, el apellido objeto de sindicación.

Aquí, en esta tierra fértil para el amor y la poesía encontramos a personajes expertos en eso de buscarle la comba al palo.  Pongamos, por ejemplo, al negro Chará; serio, trabajador y nulo pendejo.  Por eso mantiene amigos a granel.  Sucedió en la esquina del Banco del Estado, cuarta con séptima de Popayán: llegó Afranio adonde su compadre el negro Chará, vendedor ambulante de chontaduros recién traídos del corregimiento Cuatro esquinas, municipio de El Tambo:

- Qui’ hubo, Chará, ¿cómo te va?-.
- Pues ahí como ves, Afranio, capoteando la vida.-
- Chará, tengo una necesidad urgente, ¿me podés prestar cincuenta mil pesitos?-.
- Cómo te parece, Afranio, que no te los puedo prestar porque tengo un convenio con el gerente del Banco del Estado-.
- ¿Cómo así, Chará?  ¿Qué convenio vas a tener?  Vos es por no prestármelos-.
- En verdad, tengo un convenio muy serio con el gerente-.
- ¿Y qué clase de convenio tenés?-.
- Pues que yo no puedo prestar plata aquí afuera, ni él puede vender chontaduros allá adentro-.

sábado, 10 de julio de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Buscar una aguja en un pajar

Yo no sé por qué tienen que botar las cosas, en especial las chiquitas, y en un pajar todavía.  Por qué no botan en un pajar, por ejemplo, un rinoceronte que es más fácil de encontrar.  Este giro se refiere a una empresa imposible, como la maternidad de los hombres.  Que un hombre pare -de parir-, es tan fácil como buscar una aguja en un pajar.  También es muy fácil buscar una aguja en un pajar frente a la posibilidad de encontrar agua en Marte, o a un honrado en el Congreso de Colombia.  Claro que hay cosas imposibles; a pesar de que una dama en una reunión de directivos de una empresa nacional quiso impactar con una frase que había aprendido de otro congreso: “No hay cosas imposibles, sino hombres incapaces”.  Cuando la refuté, se me vino encima con grandísimo deseo de convertirme en incapaz:

- A ver, dígame cuáles cosas son imposibles-.
- Por ejemplo, viajar a Júpiter-, le dije.
- Pues eso algún día se logrará; no quiere decir que sea imposible-, aseveró con manifiesta terquedad.
- Que un hombre tenga un hijo, como una mujer-, propuse aún más terco.
- La ciencia puede transformar y acondicionar a un ser humano para lo que sea, que aún no lo haya hecho no quiere decir que sea imposible-, argumentó.

Antes de darme por vencido le dije que algo verdaderamente imposible era buscar una aguja en un pajar.  De inmediato la recontraterca dejó de tratarme de “usted”  y dijo confianzuda:

- Pues utilizá un imán-.

Imposible es quitarle la terquedad a esta “vieja”.  Y como ustedes no son como la longeva esa, el diálogo que sigue es una muestra de cosa imposible:

-Doctor, quiero que mi marido se convierta en un toro-.
-Entonces desvístase, señora.  Empecemos por los cuernos-.

miércoles, 16 de junio de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Borrón y cuenta nueva

Olvidar el pasado es imposible; se olvidarán unas cosas, situaciones desagradables donde fuimos protagonistas; se olvidarán personas que nos dañaron el hígado, como trago fino revuelto con “chirrincho”; se olvidarán amores idos con otros más de malas que mi prima con deudas; se olvidarán deudas, no importa que en el futuro las cobren, pero no por eso se olvida el pasado.  Si el pasado se olvida, también se olvida cómo nos llamamos.  En cuanto a empezar una nueva vida, sí que es una pendejada si no se muere y se vuelve a nacer (algo que no hacen ni los hindúes); ni en el extranjero empezamos de nuevo, porque tendríamos que cambiar hasta de apodo.

Quedamos en que es una versión figurada del cambio de actitud, eso de borrón y cuenta nueva; como decir, a partir de hoy, primero de enero, dejaré de fumar (si acaso una pipiadita), dejaré de beber (apenas beberé lo que me gasten), dejaré de ser pendejo (no acompañaré a mis hijos al supermercado), dejaré a Cleotilde (¿quién es Cleotilde?  ¡Ah, sí!, mi mujer), dejaré que la felicidad me atropelle.  Sólo que esta actitud dura los dos primeros meses del año; después volvemos a lo mismo, a cometer los mismos pecados.  “Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores”, dice ese poeta filósofo de las cantinas José Alfredo Jiménez, y me late, estando sobrio, que tiene razón; ya borracho es otra cosa, con ovación, estoy de acuerdo.

En las cantinas y en las tiendas se acostumbra lo de borrón y cuenta nueva para controlar lo fiado, que es la tarjeta de crédito de los pobres.  Por caso, cito la forma como cobra “La bodeguita del medio”, en Cuba:

“Un momento gentil,
como serlo debe,
para que el cliente se lleve
un recuerdo de por vida,
el dueño a ofrecer se atreve
la cuenta así dividida:
le cobramos la comida,
y usted paga lo que bebe”.

viernes, 21 de mayo de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Borrar con el codo lo que se hace con la mano

Aquí intervienen los héroes de papel.  Los mismos que hicieron el tránsito a villanos después de oficiar como próceres.  O si no, cómo se clasifican nuestros héroes de la independencia que nos libertaron del yugo español -lo hicieron con la mano del pueblo pobre y analfabeto- para, luego, someternos a las mismas prácticas políticas de los españoles con férrea dictadura civil, excluyente y bárbara -borraron con sus propios codos  lo hecho-.  Hoy en día persisten estas prácticas de hacer, para luego deshacer; tal como sucede con el marido medio amoroso que en la mañana del cumpleaños de su esposa le lleva flores, porque es mejor en vida y no en el cementerio, donde ya no huelen.  Sin embargo, ese mismo día se le olvidó acompañar a la cumplimentada a la cena de recordación y la fecha especial terminó con el espectáculo en tres actos: apertura, drama y tragedia.  Lo que prometía ser una grata arrunchada de amor, culminó con la trágica compañía de misiá soledad, adornada con pañuelos mojados y la promesa de no aceptar, en el futuro, cumplidos falsos.  Y luego dicen algunos maridos zoquetes que por qué sería que ella se fue con el lechero, el único que le decía cosas bonitas y le cumplía todas las citas; para nada utilizaba el codo.

En Bogotá, diagonal a la Plaza de Bolívar, había en tiempos inmemoriales un bar adonde concurrían poetas, escritores, jueces, políticos, desocupados y otros personajes similares; se llamaba El Bar de Pérez Nieto, hoy desaparecido.  En cierta ocasión y aprovechando que la estatua de Simón Bolívar la habían cambiado de lugar, el poeta De Soto elaboró el epigrama que reza:

“Bolívar, con disimulo,
y sin faltar al respeto,
reorientó el culo
hacia el negro Pérez Nieto”.

El dueño del bar, Pérez Nieto, reconvino al poeta para que cambiara los versos porque podía quedar mal con los amigos.  Entonces De Soto los cambió -borró con el codo- así:

“Bolívar, sin faltar al resmulo,
y con gran disipeto,
reorientó el Nieto
hacia el negro Pérez culo”.

miércoles, 28 de abril de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Averígüelo, Vargas

Francisco de Vargas fue el alcalde de la Corte española de Isabel la católica, entre mil cuatrocientos ochenta y cuatro y mil quinientos sesenta, a quien la Reina le encomendaba los asuntos más difíciles porque era más inteligente que su marido, el sonso de Fernando Segundo (¡seguro, era segundo!).  Con decirles que el verdadero descubridor de Cristóbal Colón, antes de que éste descubriera a América, fue Vargas, quien se dio a la tarea de averiguar -después de que la monarca le dijera imperativa: ¡Averígüelo, Vargas!- quién era ese marino sin barco, “desjaretao” en el vestir y en el hablar porque hacía un “vitute” con los idiomas italiano, portugués y español, de tanto hablar con las respectivas cortes.  Y Vargas, inteligente como era, recomendó a Colón y a su empresa ante la Reina; por eso estamos como estamos.  Si vamos a los orígenes, al único a quien hay que echarle la culpa de que seamos medio indios o medio negros o medio españoles, es a Vargas.  Entonces, para resumir, de doña Isabel la Católica y de este Francisco de Vargas viene la expresión cuya trascendencia ha superado los siglos: ¡Averígüelo, Vargas!  Hoy la repiten desde ministros hasta locutores de radio para indicar que no saben sobre lo que están tratando; la expresión viene a ser un escape ante la ignorancia manifiesta, es como echarle la culpa a otro por tamaña debilidad conceptual.

Un amigo inveterado de la democracia que nos aqueja, que siempre vota en las elecciones aunque sea para elegir representantes de padres de familia del colegio, se encontró un día, próximo a las elecciones municipales, con que había otro tipo que tenía su mismo nombre y apellido, la misma dirección y el mismo número de cédula.  Antes de invocar el ¡averígüelo, Vargas! para deshacer el entuerto, porque el registrador, de apellido Molano, no averigua nada, soltó esta definición de antología:

- Homonimia:  ¡Ese tipo, igual a mí, ahora sólo falta que tenga la misma mujer que tengo yo!-.

lunes, 19 de abril de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Apretar las tuercas

Si queremos que nuestros hijos no sean mecánicos, es mejor apretarles las tuercas.  Una forma fácil como el jefe controla al subalterno es utilizando esta figura en forma taimada.  Primero comienza con una alusión a la calidad de trabajos que elabora Pánfila, la señora de los tintos, quien apenas tiene quinto de primaria.  Primer torque, pero efectivo.  Aquí no hace referencia al empleado especializado a quien está controlando; pero éste se siente señalado.  Después, cuando el jefe nota que el zoquete no reacciona como él quiere, le manda el segundo torque:

- Voy a hacer una reestructuración para mejorar la calidad de los procesos, y si me toca ascender a los empleados emergentes, lo hago-.

El especializado reacciona levemente, pero se considera imprescindible e imposible de reemplazar.  Al final el jefe aprieta las tuercas al exceso de que se rompen:

- Los especialistas se van pa’ la mierda; por cada especialista contrataré a dos técnicos que sí trabajen-.

Chao, especialista.  (“Especialista es el que sabe todo acerca de nada”).  También en el amor se aprietan las tuercas de una manera sutil:

- Creo, mi amor, que deberías ver las flores tan lindas que venden en esa floristería que se llama… ¿Cómo se llama?  ¡Ah, sí!  Corona de azahares-.

Lo que le quieren decir al bobo enamorado es que se anime al casorio.  El bobo, ya casado, dejó de ser bobo y cambió su estado: ahora es pendejo.  Bajo esta condición, la apretada de tuercas es casi directa:

- Mijo, no te vayas a demorar con tus amigos, porque tienes que acompañarme a la galería-.

Cuando el matrimonio está en las últimas, es el marido el que recobra su estado natural de tipo inteligente -ya no es menso, ni mucho menos pendejo- e impone sus condiciones -aprieta las tuercas hasta el tope-:

- Bertilda, no me cocines hoy, que llego tarde y comeré por fuera-.

Apretar las tuercas es lo más cercano a controlar conductas ajenas; por ejemplo hijos, subalternos, esposos, muchachas de servicio, alumnos proveedores y deudores, que están en relación directa con nosotros los que apretamos.  A nadie se le ocurriría apretar sus propias tuercas.

jueves, 11 de marzo de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Apagá y vámonos

Aún se acostumbra en los paseos campestres de clase baja, y media jodida, decir cuando toca volver al hogar: apagá y vámonos.  Entonces se le echa agua al fogón ceniciento donde se hizo el sancocho, para apagarlo.  En clases más elevadas se tiene el dicho apaga y vámonos -como ustedes ven, es más refinado sin tilde- para indicar que la trifulca amorosa en lecho alquilado finalizó y se acude al interruptor para apagar la luz y ocultar los destrozos de la lujuria.

Algunos columnistas de prensa tienen por costumbre usar este giro para dar a entender que sobreviene una tragedia política inesperada y es mejor irse, por las posibles consecuencias trágicas.  A diferencia de los amantes y paseantes, que se van porque acabaron, acá va a empezar la cosa y se vislumbra feo el panorama.  La política en nuestro país no es esa confrontación de ideas para mejorar las condiciones de la comunidad; es la gazapera por puestos burocráticos, que se confunde con el poder.  Un político nuestro es importante porque da puestos y contratos, nunca porque aporta ideas o teorías que enriquezcan la forma de gobernar.  Bueno, en política mejor apaguemos y chao.

Volvamos a nuestra condición de terrenales limitados y no olvidemos que es mejor divertirnos, así se acerque el político más hacendado a recordarnos su tarjetón.  Hablando de hacendados, entre éstos existe la costumbre de empujar con el verraquillo los cuartos traseros de los caballos para que anden rápido, y cuando esto no es suficiente, entonces se hace el ruido característico como si se estuviera chupando con la boca para que el animal acelere.  De aquí aparece un gracejo entre Guadalupe y Tomás, paseantes de la finca:

- Quiere, doña Guadalupe,
¿se lo empuje por detrás?
- Gracias, don Tomás,
prefiero que me lo chupe.

lunes, 1 de marzo de 2010

Lugares comunes a lo patojo


Amanecerá y veremos

Un argentino con nulos ribetes de teólogo, que no cito por lo anónimo y porque descubre su vocación por el desplante a Borges, decía, en los años setenta, que “Borges es una de las pruebas de la inexistencia de Dios.  ¿Por qué?  Porque si Dios realmente existiera, lo hubiera hecho mudo y no ciego”.  En efecto, Jorge Luis Borges perdió la visión al final de su vida, pero veía con las palabras y era mordaz crítico, tanto así, que decía que a la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, le sobraban cuarenta páginas.  Ciegos como Borges no necesitan que amanezca para ver.

En nuestros solares patrios los dirigentes políticos y gremiales -los que diariamente nos asaltan con su elocuencia de culebreros de pueblo en feria- que tienen acendrada inclinación por la violencia, cuando acuden a esta frase están confirmando una velada amenaza: “Amanecerá y veremos”.  En la otra orilla de la acepción debemos referirnos a esos abnegados rescatadores de la Cruz Roja, que no saben de violencia pero sí de vida, y arriesgan la suya para que otro deje de ser damnificado y pase a ser consentido por una nueva oportunidad de vivir.  Cuando el sol se oculta y la noche tapa las desgracias humanas, estos verdaderos héroes sufren como Napoleón en vísperas de una batalla, porque no se ve el escenario de la tragedia.  Aparece entonces la resignación, la misma de un jugador de lotería cuando pierde: amanecerá y veremos.

No es propio de seres humanos sentir felicidad por la desgracia ajena; aunque algunos profesionales de la oftalmología, cuando se equivocan, acuden a esta figura como consuelo.  Un distinguido oculista -distinguido por los que nunca fueron sus pacientes- operó a un empleado en un ojo (el único que tenía bueno, pero comenzaba a envejecer) y el resultado fue desastroso.  Amaneció y no vio.  Hecho el reclamo por el afectado, el profesional de ojos apeló a la conmiseración:

- No se preocupe.  Siempre será mejor que le digan pobre cieguito, y no tuerto hijueputa-.

jueves, 18 de febrero de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Al pie del cañón

Esta expresión nunca se les atribuye a los cobardes, que prefieren estar lejos y detrás del cañón.  Cuando algún aculillado está cerca -y no al pie- del cañón es porque se ha disfrazado de turista en Cartagena y posa para la foto del recuerdo al lado de cualquier chatarra de obús del siglo dieciocho.  Estar al pie del cañón es estar dispuesto para los peores -o mejores- retos; es enfrentar al enemigo hipotético que no tiene cañón ni ganas de atacar, de ahí que se vuelve una figura metafórica; significa entereza, valor y arrojo, virtudes que no se dan en los círculos politiqueros, donde saben más de volteadas, trapisondas, fotos y turismo.

Sin embargo, propongo que esta figura sea desterrada del diario devenir porque encierra violencia, que es lo que nos tiene jodidos.  Veamos.  Hoy, los que están al pie del cañón real y amenazadoramente  son los mismos a quienes les cuelga un fusil del hombro.  Es muy fácil ser macho con el fusil y el cañón apuntando, cuando el que está al frente sólo tiene ganas de correr.  Si al que está armado se le inyecta odio y sadismo, le queda fácil disparar.  Aquí, estar al pie del cañón recibe la connotación de violento, y si actúa a lo macho, de asesino.

Volvamos a la poesía de las palabras, que es la forma más expedita para evitar la violencia.  En un futuro deberíamos cambiar este lugar común por otro que signifique lo mismo; por ejemplo: al pie del yarumo o al pie de la mata de sábila.  Bueno, también podríamos inventar uno que entrañe más coraje: al pie de la suegra.  A un héroe que no estaba al pie del cañón porque lo tenía incorporado, le sucedió algo distinto que a cualquier padre de familia en la sala de espera de la clínica de partos:

- Señor, lo felicito; usted acaba de ser padre de quintillizos-.
- Gracias, doctor.  Es que yo tengo buen cañón-.
- En ese caso le aconsejo que lo limpie bien, porque le salieron negritos-.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Lugares comunes a lo patojo

Al pie de la letra

Algunas instrucciones para el manejo de electrodomésticos vienen en un español tan mal traducido que, si vamos a operar el aparato, lo mejor es no seguir al pie de la letra las recomendaciones.  Los chinos, esos de ojos rasgados a los que ahora les dio por hacer lo que hacen los japoneses y los norteamericanos, pero a precio de chichigua, en su manual de instrucciones dicen que “Se debe pelar la cobre y tener caution por es dangerous”.  Aquí, pelar el cobre es tan peligroso como rascarle la barriga a una cascabel.

En los textos bíblicos tampoco se debe hacer lo que mandan, al pie de la letra.  ¿Cómo así que “hay que sufrir con paciencia las adversidades y flaquezas de nuestro prójimo“?  No, señor, las adversidades y flaquezas de nuestro prójimo las deben sufrir ellos, los que componen ese prójimo, que se las buscaron y no se las aguantan por zoquetes.  Yo, de mi parte, trato de parrandear hasta donde me lo permite el prójimo adversario femenino, y si hay flaqueza de por medio, que no sea mía.

En tiempos inmemoriales -mejor que se hayan olvidado- se practicaba la cacería de brujas al pie de la letra; los “salvadores de la humanidad” no hicieron bien su trabajo o cazaron a los que no eran, porque hoy sí hay bastantes brujas; algunas ya ocupan el sitial de los verdugos e invocan las Sagradas Escrituras: “Todo hombre o mujer que llame a los espíritus o practique la adivinación, morirá apedreado” (Levítico, 20:27).  Delicioso ser brujo y ordenar el exterminio de los brujos.  Es como el ladrón que corre y señala a otro tipo, honrado hasta en el caminar, gritando: “¡Cójanlo, cójanlo!”.

Donde no funciona bien la expresión al pie de la letra es en las galleras, mejor dicho, entre galleros.  Veamos.

El papá gallero mandó al hijo gallero a unas ferias de El Tambo (Cauca) con un  gallo preparado para que lo jugara con la absoluta seguridad de ganar.  El muchacho, apenas llegó a El Tambo, se olvidó de la gallera y se dedicó a parrandear.  Al efecto vendió el gallo y se gastó la plata.  Ya en el segundo día de guayabo le mandó un telegrama a su papá gallero pidiéndole dinero,  que decía: “GALLO PERDIÓSE PUNTO ENVÍE GIRO PUNTO”.  El papá gallero respondió: “RESERVO COLORADO PUNTO GIRO ESTÁ EMPLUMANDO PUNTO”.